El amarillo es muy suave, una fragancia de mi niñez, cuando conocí el ponche de frutas de mi madre. Luego viene el naranja, un dulcísimo recuerdo del primer beso, vibrante hasta el iris expandiéndose al mundo. El rojo… Ése muestra un rocío distinto, un relato impronunciable para el corazón, un aroma a mar, a cielo y a un amor que no deja de sujetarse al alma. El más suave de todos – aún si cabe – es el blanco, te abraza con la más sutil de las ternuras, con el cobijo de una nube de bolsillo, con las manos de las sabias abuelitas, apacible, amorosa; siempre buena para acariciar el pecho de los dolientes. Y frente a mi: el rosa, una mezcla de rojo y blanco… Le estrecho en manos, un presente posible yace en su esencia, casi un motivo para pinchar la mano con el destino y unir el cordón escarlata al universo infinito.
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Héctor Moreno
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Gracias a todo lector y curioso que por aquí se detenga.

